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domingo, 8 de diciembre de 2024

Azorín El catalejo

 Le sucede algo al catalejo con que estábamos observando la ciudad y la campiña. No se divisa nada; indudablemente se ha empañado el cristal. Limpiémosle. Ya está claro; tornemos a mirar. Los bosques que rodeaban la ciudad han desaparecido. Allá, por aquellas lomas redondas que se recortan en el cielo azul, en los confines del horizonte, ha aparecido una manchita negra; se remueve, avanza, levanta una nubecilla de polvo. Un coche enorme, pesado, ruidoso, es; todos los días, a esta hora, surge en aquellas colinas, desciende por las suaves laderas, cruza la vega y entra en la ciudad. Donde había un tupido boscaje, aquí en la llana vega, hay ahora trigales de regadío, huertos, herreñales, cuadros y emparrados de hortalizas; en las caceras, azarbes y landronas que cruzan la llanada, brilla el agua que se reparte por toda la vega desde las represas del río. El río sigue su curso manso como antaño. Ha desaparecido el obraje de paños que había en sus orillas; quedan las aceñas que van moliendo las maquilas como en los días pasados. En la cuesta que asciende hasta la ciudad, no restan más que una o dos tenerías; la mayor parte del año están cerradas. No encontramos ni rastro de aquella casilla medio derrumbada en que vivía una vieja que todas las mañanas salía por vino con un jarrico y que iba de casa en casa llevando chucherías para vender.

herreñal: Terreno en el que se siembra el herrén (forraje de avena, cebada, trigo, centeno y otras plantas que se da al ganado) 

cacera: canal de agua para regar

azarde: cauce por donde van sobrantes de agua

landrona:

represa: obra para contener las aguas

aceña: molino de agua

maquila: porción de harina que le corresponde al molinero

tenería: curtiduría (sitio donde se curten y trabajan las pieles)


jueves, 10 de enero de 2019

GENERACIÓN 98 (4º ESO)


CIRCUNSTANCIAS POLÍTICAS Y SOCIALES. EL “DESASTRE”.

            La vida política, a fines del XIX y principios del XX, sigue presidida por el turno de conservadores y progresistas en el gobierno. Fuera de estos “partidos dinásticos”, hay otros grupos que van desde los carlistas a los republicanos y, más a la izquierda, los socialistas y los anarquistas.

            La sociedad presenta, en su base, una gran masa rural y un proletariado industrial aún poco desarrollado (en Cataluña y el País Vasco); en estos sectores prenden doctrinas revolucionarias. Su pobreza contrasta con el poder y el lujo de la aristocracia y la alta burguesía, encasilladas en posturas conservadoras. Entremedias, hay una pequeña burguesía o “clase media”, a menudo descontenta y propicia al reformismo, aunque temerosa de revoluciones.

            Los problemas económicos y sociales (atraso, crisis…) son graves, pero muchos españoles viven inconscientes. Unos trágicos acontecimientos vendrán a sacudir las conciencias más sensibles.

            En 1898, tras varios años de guerra, cuba, Puerto Rico y Filipinas –nuestras últimas colonias de Ultramar- conseguirán su independencia con la ayuda de los Estados Unidos: la escuadra española será destrozada en Santiago de Cuba y Cavite (Filipinas). Las pérdidas humanas y económicas son cuantiosísimas. Es el “Desastre del 98”.

            Tales hechos constituyen un fuerte aldabonazo para muchos espíritus: se cobra conciencia de la decadencia del país (antaño, poderoso); se analizan sus causas, se buscan soluciones… Es lo que harán los “noventayochistas”, pero había antecedentes.


PRECURSORES: LOS “REGENERACIONISTAS”, GANIVET.

            Se llama regeneracionistas a quienes, desde años atrás, propugnaban medidas concretas para la “regeneración” del país. Entre ellos, destaca Joaquín Costa (1846-1911). Con su lema “despensa y escuela” pedía, a la vez, una política económica y educativa. Las reformas del campo son el tema de su libro Colectivismo agrario en España (1898). Su reformismo y su posición crítica inspiran asimismo su Oligarquía y caciquismo (1901), en que denuncia a los pequeños grupos de poderosos que presionan o imponen su ley.

            Junto al reformismo, destaca –en Costa y los regeneracionistas- el europeísmo o anhelo de “europeizar” a España.

            Aunque al margen del grupo anterior, hay que recordar al granadino Ángel Ganivet, muerto a los treinta y tres años en circunstancias trágicas (se suicidó precisamente en el 98). En su Idearium español (1897), había analizado los rasgos del alma española, las glorias pasadas, los males contemporáneos y la necesidad de renovación espiritual, aunque asentada en las tradiciones profundas.

            Las ideas de los regeneracionistas hallarán eco en quienes más tarde serían incluidos en la llamada generación del 98.

EL CONCEPTO DE “GENERACIÓN LITERARIA” APLICADO AL 98

            Para los historiadores, una generación es un conjunto de hombres próximos por su edad (no más de quince años de diferencia), que comparten problemas e inquietudes. Sin embargo, el concepto de “generación literaria” es más restringido. No basta que unos escritores sean coetáneos: se exigen otros requisitos conocidos como los “postulados de Petersen”:

            -Formación intelectual semejante.
            -Relaciones personales entre ellos.
            -Presencia de un jefe o guía.
            -Un “acontecimiento generacional” que aúne sus voluntades.
            -Rasgos comunes de estilo, por los que se oponen a la generación anterior.

            Hay críticos que señalan, con razón, que los escritores que reúnan tales requisitos no serán una generación histórica, sino solo una parte de ella. Desde un punto de vista histórico, a una misma generación pertenecen “modernistas” y “noventayochistas”. Sería, pues, preferible hablar de grupo del 98.

            Integrarían ese grupo, sin duda, Unamuno, Azorín, Baroja y Maeztu. Y son más dudosos los casos de Antonio Machado y Valle-Inclán, entre otros.

            De todas formas, no estamos ante un bloque monolítico: es preciso atender a su evolución.
  
LA “JUVENTUD DEL 98”

            “Un espíritu de protesta, de rebeldía, animaba a la juventud de 1898”, dijo Azorín. Y, en efecto, las ideas iniciales de los cuatro autores que acabamos de destacar no se encuadren en un reformismo regeneracionista, sino en movimientos revolucionarios.

            Así en su juventud, Unamuno militó en el PSOE. “Anhelos socialistas” compartía también, por entonces, Ramiro de Maeztu. El joven Azorín se declaraba anarquista. E igualmente anarquista se halló Baroja. Antes de 1900, pues, estos cuatro escritores –aunque procedentes de la pequeña burguesía- adoptan un izquierdismo radical.

            Distinto es el caso de Valle y de Machado. El Valle-Inclán de 1900 es ideológicamente tradicionalista y estéticamente modernista. Machado no se dará a conocer hasta 1903, con Soledades, libro de poesía intimista; sus ideas liberales progresistas de entonces no pasaban todavía a su obra. La evolución posterior de ambos será también muy distinta de la de los otros.

 EL GRUPO DE LOS TRES Y SU MANIFIESTO

            Componen este grupo Azorín, Baroja y Maeztu, que mantenían estrecha amistad. En 1901 difunden un Manifiesto en el que denuncian la “descomposición” de la atmósfera moral”, la desorientación de la juventud… Desean “mejorar la vida de los miserables”. Pero ahora ya no confían en las doctrinas políticas, ni siquiera en las demócratas ni socialistas. Y piensan que sólo una ciencia social puede estudiar soluciones.

            Quiere esto decir que los Tres han dejado atrás sus ideas revolucionarias anteriores y se han aproximado a un reformismo de tipo “regeneracionista”.

            Pero su campaña fue un fracaso y un hondo desengaño. El grupo de deshizo y cada cual seguirá su propio camino.

            También Unamuno ha cambiado de rumbo. Ha abandonado el socialismo. Y al recibir el Manifiesto de los Tres, aunque les promete algún apoyo, les confiesa que ahora le interesan poco los asuntos económicos-sociales: lo que le preocupan son los problemas espirituales de nuestro pueblo.

 LA MADUREZ DE LOS NOVENTAYOCHISTAS. SU EVOLUCIÓN

En 1910, Azorín señala que los autores citados se han alejado del radicalismo juvenil. Queda, eso sí, “la lucha por algo que no es lo material y bajo”. Es decir, vagos anhelos idealistas (a veces cierto escepticismo). He aquí otros rasgos comunes:

            -Las preocupaciones existenciales adquieren especial relieve: el sentido de la vida, el destino del hombre…
-El tema de España recibe nuevos enfoques: ahora más que los problemas materiales concretos, es sobre todo el “alma” de España lo que les preocupa (Unamuno, como hemos visto, encabezó esta postura).

            La evolución ideológica de los diversos autores es curiosa. Unamuno se debatiría toda su vida entre íntimas contradicciones. Baroja se recluye en un radical escepticismo. Azorín derivó desde el escepticismo hacia posturas tradicionalistas. Más profundo fue el giro de Maeztu, quien se convirtió en adalid de un movimiento que empieza a surgir, la Falange, que linda con posturas fascistas.

            Antonio Machado, en su libro de 1912, Campos de Castilla, incorpora, al fin, preocupaciones noventayochistas; pero pronto las desbordó hacia posturas cada vez más avanzadas. Valle-Inclán, hacia 1920, ha pasado de su tradicionalismo inicial a un progresismo que alcanzará expresiones muy radicales, terminando en posiciones comunistas.

RAMIRO DE MAEZTU

            Nació en Vitoria en 1874. Su ímpetu revolucionario juvenil se plasma en Hacia otra España (1899), visión implacable del “marasmo”, de la decadencia. En su etapa posterior, antirrepublicana y antimarxista, escribe Defensa de la Hispanidad (1934), donde exalta el espíritu y la obra de la España imperial, integradora de razas y pueblos. Aparte nos dejó una brillante interpretación de tres grandes mitos españoles: Don Quijote, don Juan y la Celestina. (1926). Su estilo es siempre intenso, apasionado y sugestivo. En 1936, tras el levantamiento militar, quedó en zona republicana, fue condenado a muerte por sus ideas y fusilado. Nótese como a García Lorca, de distinta Generación, le ocurrió algo parecido. Quedó en zona nacional y también fue asesinado.

TEMAS DEL 98. ESPAÑA

            El tema de España, desde luego, es en ellos central. En sus páginas se mezclan el dolor y el amor por España. Rechazaron la política del momento y, sobre todo, la “ramplonería” y el “espectáculo deprimente” de la sociedad (son palabras de Unamuno). Exaltaron, en cambio, “una España eterna y espontánea” (Azorín); de ahí su interés por el paisaje, por la vida de los pueblos y por nuestra historia.

            a) Las tierras de España fueron recorridas y descritas por ellos también con amor y con dolor. Junto a su crítica del atraso, hay, -cada vez más- una exaltación lírica de los pueblos y del paisaje. Sobre todo de Castilla, en la que vieron la médula de España (cosa destacable viniendo de escritores nacidos en la periferia). Su atracción por lo austero del paisaje castellano supone una nueva sensibilidad, una nueva manera de mirar.

            b) La Historia es otro de los campos de sus meditaciones. Al principio, rastreaban sobre todo en el pasado las raíces de los males presentes. Cada vez más buscaron los valores “permanentes” de Castilla y de España, tanto en la cultura como en los hombres. Y debe destacarse que, por debajo de la “historia externa” (reyes, batallas…), les atrajo lo que Unamuno llamó la intrahistoria, es decir, “la vida de los millones de hombres sin historia” que, con su labor diaria, han hecho la historia más profunda.

            c) En los escritores del 98, el amor a España se combinó con un anhelo de europeización muy vivo en su juventud. Apertura a Europa y revitalización de los valores “castizos” se equilibran en una famosa frase de Unamuno: “tenemos que europeizarnos y chapuzarnos de pueblo”.

LOS TEMAS EXISTENCIALES

            A) Las preocupaciones existenciales ocupan un lugar muy importante en los noventayochistas. Y hay que situarlas en la crisis de fin de siglo. Ya en los modernistas vimos un malestar vital, una desazón “romántica”, que está presente también en Unamuno, Azorín, Baroja, etc. Ellos mismos o sus personajes se interrogarán sobre el sentido de la existencia humana, sobre el tiempo, sobre la muerte, etc. Y son frecuentes los sentimientos de hastío de vivir o de angustia. (Por todo esto, se ha visto en ellos un precedente de existencialismo europeo.)

            B) Estrechamente ligado a lo anterior está el problema religioso. Los noventayochistas fueron agnósticos en su juventud. Baroja lo sería toda su vida. Unamuno, en perpetua lucha entre su razón y su sed de Dios, fue un temperamento profundamente religioso, pero angustiado y fuera de la ortodoxia católica. Azorín y Maeztu, en cambio, adoptaron con el tiempo posiciones católicas tradicionales.

RENOVACIÓN ESTÉTICA. EL ESTILO

            Los autores del 98 contribuyeron decisivamente a la renovación literaria de principios de siglo. Reaccionaron por igual contra el retoricismo o el prosaísmo de la literatura anterior. Del siglo XIX, sin embargo, admiran a Bécquer y tienen a Larra como un precursor. Reveladoras son sus preferencias por algunos de nuestros clásicos, como Fray Luis, Quevedo y, sobre todo, Cervantes (aportaron personalísimas interpretaciones del Quijote); o su fervor por nuestra literatura medieval, en especial el Poema del Cid, Berceo, el Arcipreste de Hita, Jorge Manrique…

            Desde tales orientaciones, se propusieron una renovación de la lengua literaria. Claro es que, dada la fuerte personalidad de cada uno, sus estilos se hallan netamente diferenciados. Pero se han señalado algunas notas comunes. Así, cierto ideal de sobriedad (contra el retoricismo), pero también un gran cuidado de la forma (contra el prosaísmo).

            Otro rasgo común e importante es su gusto por las palabras tradicionales y terruñeras, esas palabras que se van perdiendo en las grandes ciudades. Unamuno, Azorín, etc., recogieron muchas de ellas en los pueblos (o en los clásicos), llevados de su amor a nuestra lengua y nuestra cultura.

            En un plano más general, señalemos su subjetivismo. A menudo es difícil separar sus visiones de la realidad de su manera de mirar. De ahí, por ejemplo, la sintonía de paisaje y alma frecuente en sus descripciones. De ahí también el tono lírico de muchas de sus páginas, esto es, la expresión de sus sentimientos al tiempo que describen los paisajes.

            Finalmente, señalemos sus innovaciones en los géneros literarios. Ante todo, el grupo del 98 configuró el ensayo moderno, haciéndolo apto para recoger las más variadas reflexiones o vivencias. La novela se enriqueció con nuevas técnicas. Menor eco tuvieron ciertos intentos de renovar el teatro (con la excepción de Valle-Inclán). De estas y otras novedades tendremos varios ejemplos en los textos.

            Antes de abordar cada uno de los autores del grupo del 98, mencionaremos dos grandes figuras coetáneas, que brillaron en otros campos: la erudición y el teatro.

                Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), asturiano, fundador del Centro de Estudios Históricos y director de la Real Academia Española, se halla íntimamente relacionado con el 98. Él apoyó desde la ciencia histórica y filológica muchas de las tesis de los noventayochistas. El castellanismo se plasma en sus monumentales estudios sobre la Edad Media y su literatura: sobre La España del Cid, sobre la épica y el romancero, etc. El idioma, tan amado por los escritores del 98, encontró en Menéndez Pidal el máximo investigador de su historia: Orígenes del español, Gramática histórica…

                Jacinto Benavente (1866-1954) fue un gran renovador de la escena española, a la que sacó del teatro postromántico. Azorín lo incluía en la generación del 98. Es cierto que en sus comienzos tuvo una actitud crítica vecina a la de aquellos autores: en comedias como El nido ajeno (1894) desveló las hipocresías y convenciones de la alta burguesía; su obra maestra, Los intereses creados (1907), es una deliciosa farsa que encierra una cínica visión de los ideales burgueses; y en La Malquerida (1931) trazó un vigoroso cuadro rural. Con el tiempo Benavente fue limando su carga crítica para acomodarse a lo que pedía y era capaz de admitir el público habitual de los teatros de entonces.

jueves, 27 de diciembre de 2018

MODERNISMO Y GENERACIÓN DEL 98 (2º BACH)

La literatura de principios del siglo XX surge como reacción contra el positivismo del siglo XIX, el espíritu materialista y utilitarista de los burgueses, y los movimientos estéticos que los expresaban (Realismo y Naturalismo). Por ello, la mayoría de los críticos no considera antitéticos a modernistas y noventayochistas, sino como tendencias de un mismo movimiento renovador que también se ha denominado Generación fin de siglo.

El Modernismo.
Es una corriente de renovación estética que surge en Hispanoamérica a finales del siglo XIX, cuyo máximo representante es el nicaragüense Rubén Darío, y que sintetiza distintas influencias, tanto de la literatura española (desde los medievales -Berceo y el Arcipreste de Hita- al posromántico Bécquer), como de la literatura extranjera (Poe, Oscar Wilde, etc.), y en especial de dos corrientes poéticas francesas: el Parnasianismo y el Simbolismo. Del primero, en el que destacó Gautier, recoge la concepción del arte por el arte así como el culto a la belleza, a lo sensorial y a la perfección formal recurriendo a motivos mitológicos y clásicos. Del Simbolismo, representado por Baudelaire, Verlaine o Mallarmé, adopta la idea de que bajo las apariencias del mundo subyace una realidad oculta a la que no es posible acceder a través de los sentidos (la de los sueños, sentimientos, etc.) por lo que solo puede sugerirse mediante símbolos (imágenes físicas que sugieren o evocan sentimientos, obsesiones, etc.)
Los temas presentes en el Modernismo son la angustia existencial (“el mal del siglo”), el gusto por lo decadente y por lo castizo, el intimismo y la introspección, y la evasión a ambientes exóticos, lejanos y cosmopolitas.
En cuanto al lenguaje, huyen del prosaísmo de la lírica decimonónica mediante un léxico colorista, sonoro y evocador en el que abundan símbolos, imágenes y sinestesias. El género más cultivado por los modernistas fue la lírica donde el ansia de renovación y el deseo de musicalidad de estos poetas les llevó a utilizar una gran variedad métrica en la que no faltaron los versos propios de la métrica castellana (octosílabo), de la métrica francesa (dodecasílabo) y de la métrica clásica basados en los pies acentuales. De las estrofas destacan los sonetos en alejandrinos.
Rubén Darío fue el mejor exponente del Modernismo y su obra atravesó dos periodos: uno de gran plasticidad y sonoridad con Azul (1888) y Prosas profanas (19896), donde culmina el Modernismo exuberante, y un segundo periodo más intimista y reflexivo presente en Cantos de vida y esperanza (1905).
En España, los autores modernistas más destacados fueron Villaespesa, Marquina, Manuel Machado (Alma), y parte de la trayectoria de Antonio Machado, Valle-Inclán, y Juan Ramón Jiménez (Arias tristes, Elejías, Platero y yo…).

La Generación del 98.
El núcleo de esta generación fue el grupo de Los Tres (Azorín, Baroja y Maeztu), a los que se unen Unamuno y parte de la obra literaria de Valle-Inclán y Antonio Machado. Con los antecedentes del Regeneracionismo y tras el desastre de 1898 y la pérdida de las últimas colonias (Cuba, Puerto Rico y Filipinas), adoptaron una actitud crítica ante la situación de crisis generalizada y proclamaron la necesidad de una literatura que denunciara el mal de España y propusiera soluciones.
Los noventayochistas trataron en sus obras del tema de España (regeneracionismo social, económico y político), de temas históricos y nacionales (búsqueda de sus raíces y descripción de las tierras de España, especialmente de Castilla) y en ellas manifestaron sus preocupaciones sociales y filosóficas.
En relación al estilo, y frente a la exuberancia modernista, se caracterizaron por un estilo natural y sencillo en el que primaron el contenido sobre la forma: lenguaje preciso y sobrio que exprese ideas.
Cultivaron todos los géneros, aunque prefirieron los subgéneros del ensayo y la novela. Los principales autores de este movimiento fueron:
Antonio Machado. Presenta una primera etapa modernista influida por el Simbolismo que queda reflejada en Soledades (1903) y que más tarde amplía en Soledades, galerías y otros poemas (1907) donde a través de temas como el paso del tiempo, la infancia, la muerte y Dios recorre “las galerías del alma” (se refugia en su yo interior). En Campos de Castilla (1912), segunda etapa, Machado se abre al mundo y se identifica con la gente y el paisaje castellanos (preocupación social y filosófica característica del 98). En la tercera etapa se intensifica la reflexión y las inquietudes filosóficas en Nuevas canciones (1924) y en Juan de Mairena.
Miguel de Unamuno. Fue filósofo y literato. Su obra refleja su pensamiento existencial contradictorio mediante antítesis, paradojas con una lengua precisa y ágil. Sus ensayos más destacados son Del sentimiento trágico de la vida (de carácter existencial) y En torno al casticismo (sobre el tema de España). En cuanto a sus novelas, Unamuno crea el concepto de intrahistoria con el que hacer referencia a la vida silenciosa de los millones de hombres que pueblan la tierra, y se inventa el término de nivola para referirse a sus novelas de carácter “poco novelesco” debido a la ausencia de acción que hay en estas y al interés del autor por reflejar en ellas los conflictos interiores de los personajes mediante el diálogo (de este tipo son sus novelas Niebla, La tía Tula, Abel Sánchez, San Manuel Bueno, mártir, etc.). Cultivó también una interesante lírica: Poesías, El Cristo de Velázquez…
José Martínez Ruiz, “Azorín”. Sus novelas y ensayos están teñidos de una gran melancolía por el paso del tiempo y en ambos el estilo es conciso e impresionista. Sus primeras novelas fueron de escasa narración y muy autobiográficas: La voluntad (1902) y Antonio Azorín (1903). Después recreó mitos literarios como en Don Juan (1922).
Pío Baroja. Sus novelas poseen una estructura abierta puesto que presentan una sucesión de escenas sueltas relacionadas por un personaje protagonista que se mueve por espacios muy diversos descritos unas veces de una manera impresionista y otras sórdida y naturalista (La Busca, 1904). Sus personajes pueden ser tanto hombres de acción, como Zalacaín el aventurero (influencia nietzscheana), como hombres abúlicos y pesimistas que se preguntan por el sentido de la existencia como lo hace Andrés Hurtado en El árbol de la ciencia (1911). Esta producción novelística se agrupó en trilogías (La lucha por la vida, Tierra vasca, La raza, etc.) y sus últimas novelas fueron históricas y de aventuras como Memorias de un hombre de acción.
Valle-Inclán. Su obra evoluciona de la prosa de ambientación modernista y decadente de las Sonatas (1902-1905), protagonizadas por su alter ego, el marqués de Bradomín, al esperpento, una estética deformante y caricaturesca con la que reflejó la realidad sociopolítica española mediante personajes deshumanizados convertidos en fantoches. Esta técnica aparece en Luces de bohemia, Tirano banderas y en la trilogía Martes de carnaval.