jueves, 10 de enero de 2019

RUBÉN DARÍO. POEMAS


A MARGARITA DEBAYLE

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.

Éste era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,

un kiosco de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.

Una tarde la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
mas lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.

Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: "¿Qué te has hecho?
Te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho,
que encendido se te ve?"

La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
"Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad."

Y el rey clama: "¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?
¡Qué locura! ¡Qué capricho!
El Señor se va a enojar."

Y dice ella: "No hubo intento;
yo me fui no sé por qué;
por las olas y en el viento
fui a la estrella y la corté."

Y el papá dice enojado:
"Un castigo has de tener:
vuelve al cielo, y lo robado
vas ahora a devolver."

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice: "En mis campiñas
esa rosa le ofrecí:
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí."

Viste el rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.


CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA
A José Enrique Rodó

Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.

El dueño fui de mi jardín de sueño,
lleno de rosas y de cisnes vagos;
el dueño de las tórtolas, el dueño
de góndolas y liras en los lagos;

y muy siglo diez y ocho y muy antiguo
y muy moderno; audaz, cosmopolita;
con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,
y una sed de ilusiones infinitas.

Yo supe de dolor desde mi infancia,
mi juventud... ¿fue juventud la mía?
Sus rosas aún me dejan la fragancia...
una fragancia de melancolía...

Potro sin freno se lanzó mi instinto,
mi juventud montó potro sin freno;
iba embriagada y con puñal al cinto;
si no cayó, fue porque Dios es bueno.

En mi jardín se vio una estatua bella;
se juzgó de mármol y era carne viva;
un alma joven habitaba en ella,
sentimental, sensible, sensitiva. (…)


 LOS MOTIVOS DEL LOBO

El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo!
Rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel, ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertos y daños.
Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.

Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: "¡Paz, hermano
lobo!" El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: "!Está bien, hermano Francisco!"
"¡Cómo! exclamó el santo. ¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial?"

Y el gran lobo, humilde: "¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y en veces comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
¡Y no era por hambre, que iban a cazar!"

Francisco responde: "En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace, viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!"

"Esta bien, hermano Francisco de Asís."
"Ante el Señor, que toda ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata."
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.

Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, bajo la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.

Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: "He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriente.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios." "¡Así sea!",
Contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió la testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
el lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba a las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso galgo.

Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña.

Otra vez sintióse el temor, la alarma,
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto en los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dio treguas a su furor jamás,
como si estuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.

Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos los buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.

Francisco de Asís se puso severo.
Se fue a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.

"En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote” dijo, “¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
Contesta. Te escucho."

Como en sorda lucha, habló el animal,
la boca espumosa y el ojo fatal:

"Hermano Francisco, no te acerques mucho...
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía,
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.

Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fue como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
Y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad."

El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y con desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
que era: "Padre nuestro, que estás en los cielos..."


Sonatina

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?

Los suspiros escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa que ha perdido el color.

La princesa está pálida en su silla de oro,

está mudo el teclado de su clave sonoro;

y en un vaso olvidada se desmaya una flor.

 

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.

Parlanchina la dueña dice cosas banales,

y vestido de rojo piruetea el bufón.

La princesa no ríe, la princesa no siente;

la princesa persigue por el cielo de Oriente

la libélula vaga de una vaga ilusión.

 

¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,

o en el que ha detenido su carroza argentina

para ver de sus ojos la dulzura de luz?

¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,

o en el que es soberano de los claros diamantes.

o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

 

¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa,

quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,

tener alas ligeras, bajo el cielo volar;

ir al sol por la escala luminosa de un rayo,

saludar a los lirios con los versos de mayo

o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

 

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,

ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,

ni los cisnes unánimes en el lago de azur.

Y están tristes las flores por la flor de la corte;

los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte

de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

 

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!

Está presa en sus oros, está presa en sus tules,

en la jaula de mármol del palacio real;

el palacio soberbio que vigilan los guardas,

que custodian cien negros con sus cien alabardas,

un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

 

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!

(La princesa está triste. La princesa está pálida.)

¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil.

¡Qúién volara a la tierra donde un príncipe existe

(la princesa está pálida, la princesa está triste),

más brillante que el alba, más hermoso que abril!

 

-Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;

en caballo con alas hacia acá se encamina,

en el cinto la espada y en la mano el azor,

el feliz caballero que te adora sin verte,

y que llega de lejos, vencedor de la Muerte

a encenderte los labios con su beso de amor.


Lo fatal

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo

y más la piedra dura, porque esta ya no siente

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.


Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror...

Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por


lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,


¡y no saber adónde vamos

ni de dónde venimos...!


Caupolicán

Es algo formidable que vio la vieja raza;

robusto tronco de árbol al hombro de un campeón

salvaje y aguerrido, cuya fornida maza

blandiera el brazo de Hércules o el brazo de Sansón.


Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,

pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,

lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,

desjarretar un toro, o estrangular un león.


Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,

le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,

y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.


"¡El Toqui, el Toqui!", clama la conmovida casta.

Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: "Basta",

e irguiose la alta frente del gran Caupolicán.






JUAN RAMÓN JIMÉNEZ (4º ESO)


VIDA
          Este “andaluz universal” nació en Moguer (Huelva) en 1881. Su vocación poética es absoluta y temprana. En 1900 va a Madrid a “luchar por el Modernismo”, pero la muerte de su padre le produjo una crisis de varios años que le obligó a cuidados psiquiátricos y a un largo retiro en Moguer. Vuelve a Madrid en 1912. Su magisterio poético es ya inmenso. En 1916 se casa con Zenobia Camprubí. Con la guerra civil se exiliarán a América; fue profesor en varias universidades, la última en Puerto Rico. En 1956 se le concede el Premio Nobel; la noticia coincide con la muerte de Zenobia. El poeta sólo la sobrevivirá dos años: murió en Puerto Rico, en 1958.
       Juan Ramón fue un hombre de temperamento depresivo y de una sensibilidad exacerbada. Pero, por encima de todo, es ejemplo extremo de poeta consagrado por entero a su obra. Cada vez se sintió más despegado de los detalles materiales de la existencia y más obsesionado por su creación. “Yo tengo –dijo-escondida en mi casa, por su gusto y el mío, a la Poesía. Y nuestra relación es la de los apasionados.”

POÉTICA
         Para Juan Ramón, la poesía responde esencialmente a tres impulsos: sed de belleza, ansia de conocimiento y anhelo de eternidad.
       Ante todo, Poesía es Belleza, expresión –a menudo melancólica- de todo lo bello. Pero es también un modo de conocimiento que permite ahondar en la esencia de las realidades, en su verdad más profunda. Y es, en fin, expresión de un anhelo de eternidad, concebida como posesión inacabable de la Belleza y la Verdad.
        Por otra parte, su aguda exigencia estética hace de Juan Ramón el dechado del poeta minoritario. Es famosa su dedicatoria: “A la minoría siempre.” Su poesía, como veremos, es de creciente dificultad.

TRAYECTORIA Y EVOLUCIÓN
        Por edad, Juan Ramón pertenece a la llamada Generación de 1914 (o novecentista). Si bien, por su precocidad, militó en las filas modernistas, pronto representará la superación del Modernismo hacia nuevos horizontes. Él mismo señaló la evolución de su poesía en estos versos:


           Poesía


Vino primero, pura,
vestida de inocencia.
Y la amé como un niño.

Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes.
Y la fui odiando sin saberlo.

Llegó a ser una reina,
fastuosa de tesoros…
¡Qué iracundia de hiel y sin sentido!

…Mas se fue desnudando.
Y yo le sonreía.

Se quedó con la túnica,
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.

Y se quitó la túnica
y apareció desnuda toda…
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!


            Según esto, cabe distinguir en su trayectoria las siguientes etapas:

-          En los comienzos, una poesía sencilla, con la influencia del Romanticismo y sobre todo de Bécquer. El principal libro de estos años es Arias tristes. (1903)
-          Adopta luego los “ropajes” modernistas: valores sensoriales, ritmos amplios… Con todo, su poesía no será tan “fastuosa de tesoros” como la de Rubén Darío: el Modernismo de Juan Ramón es de tipo intimista. Así, en libros como La soledad sonora, Sonetos espirituales y otros, escritos de 1908 a 1915. De esta época es también el tan conocido y entrañable libro de prosa poética Platero y yo (1914).

-          Pero su afán de renovación le lleva hacia una “poesía desnuda”: desaparecerán el léxico modernista, la adjetivación sensorial o los ritmos sonoros, para dejar paso a la concentración conceptual y emotiva. Es una poesía nueva, personalísima, “fuera de escuelas o tendencias”. Abre esta etapa, en 1916, el Diario de un poeta recién casado, libro fundamental en la poesía del siglo XX. Siguen, entre 1916 y 1936, Eternidades, Piedra y cielo y varios títulos más.

-          Añádase una última etapa, posterior a 1936: poesía cada vez más acendrada y profunda, que desemboca en lo metafísico, incluido cierto misticismo (diálogo con un Dios que él identifica con la Naturaleza o la Belleza absoluta). En esta etapa escribe En el otro costado (1936-1942), Dios deseado y deseante (1948-1949), Animal de fondo, entre otros. En el primero de estos libros figura el extenso, bellísimo y asombroso poema en prosa Espacio, cima de la creación juanramoniana.

IMPORTANCIA DE SU OBRA EN LA LITERATURA ESPAÑOLA

            La trayectoria poética de Juan Ramón da fe, ante todo, de una excepcional inquietud renovadora. De ahí que su obra sea, en cierto modo, compendio o avanzada de medio siglo de poesía española: Posromanticismo, Modernismo, poesía pura…

            Máximo poeta de la Generación del 14, ejerció un magisterio decisivo en los “poetas del 27”. Tras explicables vaivenes del gusto (los poetas de posguerra se sintieron distantes de él), hoy se le considera acaso una de las máximas figuras de la poesía española del siglo XX.



I) 
Entre el velo de la lluvia
que pone gris el paisaje,
pasan las vacas, volviendo
de la dulzura del valle.

Las tristes esquelas suenan
alejadas, y la tarde
va cayendo tristemente
sin estrellas ni cantares.

La campiña se ha quedado
fría y sola con sus árboles;
por las perdidas veredas
hoy no volverá ya nadie.

Voy a cerrar mi ventana
porque si pierdo en el valle
mi corazón, quizás quiera
morirse con el paisaje.

            (Arias tristes)

 II)
Viene una esencia triste de jazmines con luna
y el llanto de una música romántica y lejana…
de las estrellas baja, dolientemente, una
brisa con los colores nuevos de la mañana…

Espectral, amarillo, doloroso y fragante,
por la niebla de la avenida voy perdido,
mustio de la armonía, roto de lo distante,
muerto entre los rosales pálidos del olvido…

Y aun la luna platea las frondas de tibieza
cuando ya el día rosa viene por los jardines,
anegando en sus lumbres esta vaga tristeza
con música, con llanto, con brisa y con jazmines.

            (La soledad sonora)
                                            
III)

EL VIAJE DEFINITIVO

...Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

  Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará nostáljico...

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.
                                                Poemas agrestes


IV) 
             MAR

¡Sólo un punto!
                        Sí, mar, quién fuera,
cual tú, diverso cada instante,
coronado de cielos en su olvido;
mar fuerte -¡sin caídas!-,
mar sereno
-de frío corazón con alma eterna-,
¡mar, obstinada imajen del presente!

                                   Diario de un poeta…

V)

Yo no soy yo.
                        Soy este
que va a mi lado sin yo verlo;
que , a veces, voy a ver,
y que a veces olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.

                                   Eternidades

VI)
No sé si el mar es, hoy
-adornado su azul de innumerables
espumas-,
mi corazón; si mi corazón –hoy
adornada su grana de incontables
espumas-,
es el mar.

Entran, salen
uno de otro, plenos e infinitos,
como de dos todos únicos.
A veces, me ahoga el mar de corazón,
hasta los cielos mismos.
Mi corazón ahoga el mar, a veces,
hasta los mismos cielos.
                                   Diario de un poeta…

 VII)
¡No estás en ti, belleza innúmera,
que con tu fin me tientas, infinita,
a un sinfín de deleites!

            ¡Estás en mí, que te penetro
hasta el fondo, anhelando a cada instante,
traspasar los nadires más ocultos!

Estás en mí, que tengo
en mi pecho la aurora
y en mi espalda el poniente
-quemándome, transparentándome
en una sola llama-; estás en mí, que te entro
en tu cuerpo mi alma
insaciable y eterna!
                                    Piedra y cielo

VIII)

Yo no seré yo, muerte,
hasta que tú te unas con mi vida
y me completes así todo;
hasta que mi mitad de luz se cierre
con mi mitad de sombra,
-y sea yo equilibrio eterno
en la mente del mundo:
unas veces, mi medio yo, radiante;
otras, mi otro medio yo, en olvido.-

Yo no seré yo, muerte,
hasta que tú, en tu turno, vistas
de huesos pálidos mi alma.

                                   Belleza


IX) 
LA TRANSPARENCIA, DIOS, LA TRANSPARENCIA

            Dios del venir, te siento entre mis manos,
aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa
de amor, lo mismo
que un fuego con su aire.
            No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo,
ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano;
eres igual y uno, eres distinto y todo;
eres dios de lo hermoso conseguido,
conciencia mía de lo hermoso.

            Yo no tengo nada que purgar.
Toda mi impedimenta
no es sino fundación para este hoy
en que al fin te deseo;
porque estás ya a mi lado,
en mi eléctrica zona,
como está en el amor el amor lleno.

            Tú, esencia, eres conciencia; mi conciencia
y la de otros, la de todos,
con forma suma de conciencia;
que la esencia es lo sumo,
es la forma suprema conseguible,
y tu esencia está en mí, como mi forma.



            Todos mis moldes, llenos
estuvieron de ti; pero tú, ahora,
no tienes molde, estás sin molde; eres la gracia
que no admite sostén,
que no admite corona,
que corona y sostiene siendo ingrave.

            Eres la gracia libre,
la gloria del gustar, la eterna simpatía,
el gozo del temblor, la luminaria
del clariver, el fondo del amor,
el horizonte que no quita nada;
la transparencia, dios, la transparencia,
el uno al fin, dios ahora sólito en lo uno mío,
en el mundo que yo por ti y para ti he creado.

                        Dios deseado y deseante.


PÍO BAROJA (4º ESO)


PERSONALIDAD Y CONCEPCIÓN DE LA VIDA
             Nació en San Sebastián (1872). Estudió Medicina, que apenas ejerció. Durante un tiempo regentó la panadería de unos tíos suyos, pero sus contactos con escritores (Azorín, Maeztu, etc.) le llevaron a entregarse por entero a la literatura. Escribió sus novelas más importantes antes de 1915. En 1935 ingresó en la Real Academia Española. Por lo demás y salvo diversos viajes, llevó una vida cada vez más sedentaria. Murió en Madrid en 1956.
             Fue Baroja un inconformista radical. De su anarquismo juvenil le quedó siempre una postura iconoclasta (se negaba a aceptar la autoridad de maestros, normas y modelos), hostil a la sociedad. No creyó ni en Dios, ni en el hombre. (“Creo que el hombre es un animal dañino, envidioso, cruel…”, dijo.) Y, sin embargo, hay también en él una inmensa ternura por los seres desvalidos o marginados. Esto y la sinceridad –no engañar ni engañarse- son las bases de su ética personal.
           Como hombre del 98, amó a España y le preocuparon sus problemas, pero no se hizo ilusiones (pasadas sus esperanzas juveniles).

SU IDEA DE LA NOVELA
            “Yo escribo mis novelas sin plan.” En efecto, la construcción de las novelas de Baroja es muy libre: en ellas se van yuxtaponiendo episodios, anécdotas, digresiones; y aparecen y desaparecen los más variados personajes.
           Quería reflejar su vida con toda su espontaneidad. La invención y la observación se combinan perfectamente en su obra. La acción suele ser muy variada. Y la pintura de personajes y ambientes es de gran relieve. Todo en Baroja da “la sensación de lo visto, de lo vivido”. Pero de sus páginas, a la vez, se desprende su desencantada concepción de la vida.
          Los personajes barojianos son frecuentemente seres al margen de la sociedad o enfrentados a ella; a veces criaturas marcadas por la desorientación existencial o la frustración; a veces hombres de acción que quieren escapar de la grisura cotidiana. Pero siempre, criaturas vivísimas, trazadas con mano maestra.

EL ESTILO
             Baroja lleva a tal extremo la tendencia antirretórica de los noventayochistas, que se le acusó de descuidado. Pero su prosa es espontánea y agilísima, con absoluto predominio de la frase corta y el párrafo breve.
             Posee Baroja un insuperable arte de contar. El relato fluye rápido, ameno. Las descripciones suelen ser tan escuetas como gráficas. Y el diálogo, del que Baroja es un maestro, destaca por su autenticidad conversacional.

OBRAS
            Su producción abarca más de sesenta novelas, aparte otros libros (memorias, ensayos…). Una buena parte de su narrativa se agrupa en trilogías, cuyos títulos indican la idea común de las novelas que las componen. He aquí algunas: (tienes que estudiar lo que está subrayado y en negrita o en cursiva)
  
    La lucha por la vida, formada por La busca (1904), Mala hierba (1904) Aurora roja (1905). 

    Tierra vasca: La casa de Aizgorri (1900), El mayorazgo de Labraz (1903) y Zalacaín el aventurero (1909). 

     La raza: La dama errante (1909),La ciudad de la niebla (1909) y El árbol de la ciencia (1911).
        
     La vida fantástica: Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901), Camino de perfección (1902) y Paradox, rey (1906).

     Las ciudades: César o nada (1910), El mundo es ansí (1912) y La sensualidad pervertida (1920).

   El mar: Las inquietudes de Shanti Andía (1911), Laberinto de sirenas (1923), Pilotos de altura (1929) y La estrella del capitán Chimista (1930).

          Entre 1913 y 1935 se dedicó fundamentalmente a escribir una serie narrativa titulada Memorias de un hombre de acción. Está integrada por veintidós novelas, cuyo protagonista es Eugenio de Aviraneta, un inquieto personaje del siglo XIX y antepasado del escritor.

OTRAS OBRAS
             Baroja escribió además numerosos cuentos y novelas cortas, varios tomos de ensayos, libros de viajes, biografías, e incluso un libro de poesía de escaso valor.
            En cambio son apasionantes sus Memorias, que llevan por título general Desde la última vuelta del camino. Son siete volúmenes en los que va acumulando recuerdos, juicios, valoraciones y opiniones estéticas, morales y de toda índole.

SIGNIFICACIÓN DE SU OBRA
          Es el novelista por antonomasia de la literatura española contemporánea, por sus dotes de narrador y su aliento creador. La fuerza de su testimonio social y la sobriedad de su estilo se convirtieron en modelo de muchos novelistas de posguerra.




JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ, "AZORÍN" (4º ESO)


VIDA
            Nació en Monóvar (Alicante), en 1873. Estudió Derecho, pero se dedicaría toda su vida al periodismo. Tras una juventud exaltada, su vida existencia transcurrió apacible, sin incidentes destacables. Desde 1904 utilizó el seudónimo de Azorín (apellido del protagonista de sus primeras novelas).
            Ideológicamente, como sabemos, evolucionó desde sus ideas revolucionarias juveniles hacia posturas conservadoras y una valoración de la España tradicional. Paralelamente en lo religioso, pasó de su anticlericalismo inicial a un escepticismo sereno, para terminar proclamando “un catolicismo firme”.
            Su filosofía está centrada en una obsesión por el Tiempo, por la fugacidad de la vida. Pero más que angustia, (por ejemplo la de Unamuno), hay en él una tristeza íntima y el anhelo de apresar lo que permanece por debajo de lo que huye. Es, cada vez más, un espíritu nostálgico que vive para evocar.

LOS TEMAS
      1)      Evocaciones de infancia y juventud.
2)      Evocaciones de tierras y hombres de España. Son numerosas las páginas en que revive el pasado, sus ciudades, sus figuras históricas y literarias o sus gentes sencillas- lo veremos en la lectura-, con especial atención a los aspectos cotidianos (la “intrahistoria”).
3)      Pinturas de paisaje. Tras innumerables viajes, pintó todas las tierras de España, pero –una vez más- son inolvidables sus visiones de Castilla: sus aspectos físicos y su “alma”. Y así nos dejó a la vez también dibujada su alma. Esta sintonía entre paisaje y alma es muestra del citado subjetivismo noventayochista. Como nadie tal vez, Azorín proyectó sobre lo que veía su sensibilidad nostálgica. De ahí, el fino lirismo de sus descripciones.

ESTILO
             Junto a ese lirismo, acaso la primera impresión que produce la prosa de Azorín sea la de un fluir lento, apoyado en frases cortas. Su ideal de estilo apunta a la precisión y la claridad. El resultado es de una pulcritud y una tersura inconfundibles.
             En sus descripciones, emplea una técnica miniaturista, esto es, una atención al detalle a través del cual nos revela o sugiere otras realidades. Es además uno de los noventayochistas más prolífico en la busca de palabras olvidadas.

LA OBRA. ENSAYOS
             Los rasgos señalados aparecen con plenitud en aquellos ensayos que encierran estampas y evocaciones españolas. A este sector pertenecen sus dos libros más famosos: Los pueblos (1905) Castilla (1912). Otros títulos: La ruta de Don Quijote, Valencia, etc.
             Aparte, escribió Azorín muchos ensayos de crítica literaria, que interesan sobre todo cuando revive páginas de nuestros clásicos con exquisita sensibilidad. Así, en Lecturas españolas (1912), Al margen de los clásicos (1915), etc.

NOVELA Y TEATRO
             Las novelas azorinianas son muy particulares; en ellas, el argumento es tan tenue que parece un pretexto para hilvanar pinturas de tipos y ambientes, lo que las emparenta con sus ensayos. Pero hay en ellas un propósito de superar el puro realismo y de aportar un nuevo lenguaje artístico. Acaso las más interesantes sean las primeras, por su carácter autobiográfico y la presencia de una sensibilidad muy del momento: La voluntad (1902), Antonio Azorín (1903) y Las confesiones de un pequeño filósofo (1904) sobre sus recuerdos infantiles en un internado.
             En el teatro no acertó. También quiso renovar, pero le faltó sentido escénico. Entre sus obras puede destacarse como la más interesante Lo invisible (1928), sobre el tema de la muerte.

Texto de Castilla
             Calixto y Melibea se casaron-como sabrá el lector si ha leído La Celestina- a pocos días de ser descubiertas las rebozadas entrevistas que tenían en el jardín. Se enamoró Calixto de la que después había de ser su mujer un día que entró en la huerta de Melibea persiguiendo un halcón. Hace de esto dieciocho años. Veintitrés tenía entonces Calixto. Viven ahora marido y mujer, en la casa solariega[1] de Melibea: una hija les nació, que lleva, como su abuela, el nombre de Alisa. Desde la ancha solana[2] que está a la puerta trasera de la casa se abarca toda la huerta en que Melibea y Calixto pasaban sus dulces coloquios de amor. La casa es ancha y rica; labrada escalera de piedra arranca de lo hondo del zaguán[3]. Luego, arriba, hay salones vastos, apartadas y silenciosas camarillas[4], corredores penumbrosos con una puertecilla de cuarterones[5] en el fondo, que como en Las Meninas de Velázquez, deja ver un pedazo de luminoso patio. Un tapiz de verdes ramas y piñas gualdas[6] sobre un fondo bermejo cubre el piso del salón principal; el salón, donde en cojines de seda puestos en tierra se sientan las damas. Acá y allá destacan silloncitos de cadera guarnecidos[7] de cuero rojo o sillas de tijera con embutidos[8] mudéjares; un contador[9] con cajonería de pintada y estofada[10] talla, guarda papeles y joyas; en el centro de la estancia, sobre la mesa de nogal, con las patas y las chambranas[11] talladas, con fiadores[12] de forjado hierro, reposa un lindo juego de ajedrez con embutidos de marfil, nácar y plata; en el alinde[13] de un ancho espejo refléjanse las figuras aguileñas sobre fondo de oro de una tabla colgada en la pared frontera. (…)
            Calixto está en el solejar[14], sentado junto a uno de los balcones. Tiene el codo puesto en el brazo del sillón y la mejilla reclinada en la mano. (…) No tiene Calixto nada que sentir del pasado; pasado y presente están para él al mismo rasero de bienandanza. Nada puede conturbarle ni entristecerle. Y sin embargo, Calixto, puesta la mano en la mejilla, mira pasar a lo lejos sobre el cielo azul las nubes. Las nubes nos dan una sensación de inestabilidad y de eternidad. Las nubes son –como el mar- siempre varias y siempre las mismas. Sentimos mirándolas cómo nuestro ser y todas las cosas corren hacia la nada, en tanto que ellas –tan fugitivas- permanecen eternas. A estas nubes que ahora miramos las miraron hace doscientos, quinientos, mil, tres mil años, otros hombres con las mismas pasiones y las mismas ansias que nosotros. (...) Las nubes son la imagen del tiempo. ¿Habrá sensación más trágica que aquella de quien sienta el tiempo, la de quien vea ya en el presente el pasado y en el pasado el porvenir? (…) En el jardín todo es silencio y paz. En lo alto de la solana, recostado sobre la barandilla, Calixto contempla extático[15] a su hija. De pronto un halcón aparece revolando rápida y violentamente por entre los árboles. Tras él, persiguiéndole todo agitado y descompuesto, surge un mancebo. Al llegar frente a Alisa se detiene absorto, sonríe y comienza a hablarle.
            Calixto le ve desde el carasol y adivina sus palabras. Unas nubes redondas, blancas, pasan lentamente sobre el cielo azul en la lejanía.



[1] solariega: Antigua y noble.
[2] solana: Sitio o lugar donde el sol da de lleno.
[3] zaguán: Vestíbulo.
[4] camarilla: Sala o pieza pequeña de una casa.
[5] cuarterones: Cada una de las cuartas partes en que se divide un todo.
[6] gualdas: Del color de la flor gualda, amarilla.
[7][7] guarnecidos: Tapizados.
[8] embutidos: Encajados.
[9] contador: Escritorio.
[10] estofada: Labrada.
[11] chambranas: Cada uno de los listones que unen las patas de una mesa
[12] fiador: Pieza con que se afirma algo para que no se mueva.
[13] alinde: Superficie bruñida y brillante.
[14] solejar: Solana.
[15] extático: en éxtasis, en estado de arrobamiento.